Ethan tecleaba en su ordenador mientras las grandes puertas
de roble del despacho de su jefe seguían cerradas. Era una reunión bastante
importante, su jefe le había ordenado que nadie lo molestara y él no era quién
para llevarle la contraria al director de la empresa.
Él sabía lo que estaba pasando detrás de aquellas puertas,
se repetía cada mes, el mismo día y a la misma hora. Su jefe siempre llegaba
acompañado por aquel joven a la oficina, tras pedir a Ethan que no fuera
molestado por nadie se encerraba en el gran despacho y no salía hasta varias
horas después. Como buen secretario se ocupaba de que la privacidad de su jefe
estuviera por encima de todo.
En sus 5 años en aquella empresa había presenciado muchos
encuentros de su jefe con aquel joven. Sólo lo veía unos instantes antes de que
entraran juntos en el despacho y, por alguna razón, le resultaba extrañamente
familiar. Curiosamente aquella “reunión” se alargaba de las 3 horas habituales,
ni un minuto más ni un minuto menos.
Las puertas se abrieron de repente, haciendo que apartara de
golpe la vista del ordenador. Su jefe salió a paso ligero, con el pelo algo
revuelto y con la americana al brazo mientras se ponía bien la corbata. Se
detuvo delante del escritorio de Ethan y le pidió, como favor personal, que se
ocupara de su acompañante.
Acto seguido salió de la oficina.

A sus 40 y tantos años era un hombre bastante atractivo al
parecer de Ethan, en su pelo comenzaban a aparecer algunas canas y las primeras
arrugas persistentes comenzaban a recorrer su frente. Era de hombros anchos
cual armario, fruto de mucho tiempo de ejercicio. Ethan pensaba que el día
menos pensado su camisa estallaría por la presión que ejercían sus pectorales
hacia fuera.
Sin perder un momento abrió las puertas de roble del
despacho de su jefe y vio al asunto del que se tenía que ocupar. Estaba
semidesnudo, poniéndose su ropa interior en el momento que entró en el
despacho. Era algo más bajo que él, delgado y no debía de tener más de 19 años.
- ¿Te ayudo? – preguntó Ethan mientras cerraba las
puertas del despacho, a su jefe no le convenían las miradas indiscretas.
- No – dijo el joven – ya me voy.
Un hilo de sangre bajaba por su pierna derecha, desde su
trasero. No sabía que habían hecho dentro de esas cuatro paredes, pero no
habían sido precisamente negocios. Ethan cogió algunos cleenex de una cajita
que había sobre la mesa de su jefe y se los tendió al joven:
- Yo que tú me limpiaría antes de vestirme – le
dijo volviendo a mirar la sangre – E iría al váter también, te va a sangrar un
buen rato como sea lo que me imagino.
- Gracias – dijo abrochándose el cinturón. Acto
seguido cogió los cleenex y fue al baño del despacho.
Ethan observó la escena. Había bastantes papeles importantes
por el suelo, las persianas estaban medio bajadas y de la lámpara del techo (carísima,
por cierto) colgaba lo que parecía ser un jockstrap (bastante caro también).
Algunos objetos y archivadores se habían desprendido de la estantería y estaban
repartidos por todo el suelo. “Menuda fiesta que se han montado aquí – pensó”.
Sin perder un momento se puso a ordenar el caos del despacho, rara vez había
tenido que ordenar aquel despacho.
Lo primero que hizo fue quitar aquél jockstrap de la lámpara
del despacho. Una vez descolgado no pudo retener las ganas de olerlo. Se lo
llevó con cuidado hacia la nariz y aspiró su fragancia. Realmente su jefe le
resultaba muy atractivo, y sabía que él pensaba lo mismo, fue una de las
razones principales por las que lo contrató. Después de deleitarse unos
instantes más guardó aquella prenda en el cajón del escritorio, todavía lleno
de papeles desperdigados.
Fue a recoger algunos papeles en el suelo, cerca de la
entrada del baño. Se arrodilló en el suelo para recoger las hojas sueltas. Poco
después el joven salió del baño, estaba en ropa interior y su paquete estaba
demasiado cerca de la cara de Ethan. El olor que desprendía no dejaba lugar a
dudas, había tenido sexo hace poco, tenía aquel olor característico, un olor
que él echaba de menos.
Apartó la cabeza y se levantó apresurado, evitando aquella
situación:
- Perdona otra vez – dijo el joven – Estoy
acostumbrado a andar desnudo por aquí las veces que vengo.
Llevaba los pantalones colgados en el brazo. Fue hacia la
mesa del jefe y recogió una cartera que había ahí encima. Comprobó su
contenido, la volvió a dejar sobre la mesa y se puso los pantalones.
- Tengo que sacarte de aquí – dijo Ethan mientras
seguía ordenando papeles en el despacho – No me conviene que te vean.
- Siento que tengas que ordenar todo el desastre –
se sonrojó – No solemos ir tan a lo bestia, deja que te ayude.
- No hace falta que…
El joven cogió los papeles que tenía Ethan en la mano,
instintivamente Ethan tiró de ellos y cayeron de nuevo al suelo. Ambos se
agacharon para recogerlos. Sus manos se entrelazaron y un instante después se
miraron a los ojos. El joven tenía los ojos más azules que había visto Ethan en
su vida, su mirada inspiraba preocupación y miedo de algo. El sentido común le
decía que no debía preguntar, pero la curiosidad pudo más que él:
- ¿Quién eres? – preguntó Ethan.
- No soy nadie – dijo, todavía mirándole a los
ojos – Solo hago lo que me dice y cobro por lo que me ordena. Tu jefe es mi
única fuente de ingresos últimamente, y tengo que pagarme la carrera de alguna
manera.
Ambos se levantaron del suelo. Ethan seguía mirándole a los
ojos. La respuesta no le había sorprendido, se lo imaginaba, pero le intrigaba
más el parecido que tenía con alguien que ya había visto antes.
Entonces fue cuando se dio cuenta, volviendo a mirar el
escritorio de su jefe vio un marco con una foto de un joven, muy parecido al
que tenía delante:
- Te pareces mucho a su hijo – dijo cogiendo el
marco – Murió en un accidente hace un par de años.
- Lo sé – dijo quitándole el marco de las manos –
Y no me gusta que me lo recuerden, es lo único por lo que me sigue viendo tu
jefe.
No sabía qué pensar, puede que su jefe echara de menos a su
hijo y por ello contratara a aquel chaval, o tal vez fuera por otro motivo. No
le quiso dar más vueltas:
- Tengo que sacarte de aquí – repitió Ethan –
Vámonos, llamaré a un taxi.
Cogió al muchacho por el brazo y lo sacó del despacho. Cerró
todas las puertas a su paso y ojeó con mucho cuidado cada esquina por la que
pasaba, debía evitar que vieran al chaval costara lo que costara.
Con el corazón en un puño y la camisa del traje sudada bajó
con su acompañante por la escalera de emergencias hasta la recepción del
edificio de oficinas. Ahí, escondidos cerca de la salida de la escalera, llamó
a un taxi. El muchacho observó atentamente a Ethan mientras hablaba por el
móvil.
Era realmente atractivo, un poco más alto que él, joven (o
eso parecía) y delgado. El traje le estilizaba la figura, marcando los músculos
a través de la camisa sudada, la barba de pocos días que llevaba le daba una
apariencia muy masculina. Pero lo que más le llamaban la atención eran sus
ojos, unos ojos oscuros que emanaban compasión y aprecio con cada mirada.
Ethan colgó el teléfono y soltó un suspiro. Se dio cuenta en
seguida de que su joven fugitivo seguía observándolo curioso. Sus miradas se
volvieron a cruzar y el tiempo se detuvo durante un instante. No le solían
atraer los hombres más jóvenes que él, pero este tenía algo especial, había
algo en aquel joven que le suscitaba algo que había dejado de sentir hace
tiempo.
Tenía un cuerpo perfecto, no muy musculado, pero atractivo,
el pelo corto y unas nalgas de infarto. Su mirada era penetrante como un
cuchillo, siempre lo miraba a los ojos, no los apartaba un solo momento de los
suyos.
Puede que fuera la atracción mutua que surgió en los 30
minutos que había durado su escapada o puede que actuaran fuerzas extrañas en
aquel momento, pero ambos se acercaron mucho el uno al otro. La mirada de uno
no se apartó ni un momento de la del otro. El joven se puso de puntillas para
alcanzar los labios de Ethan. Ethan se agachó para alcanzar sus labios. Hubo un
momento de duda hasta que, de pronto, cuando estaban a punto de besarse, sonó
el teléfono de Ethan.
Era su jefe.